Apenas un poco más de veinte años pasaron desde que estos pájaros nacieron como libro. Por entonces, yo no era más que un crío vagando en la inocencia de los sueños nuevos, hago memoria y me veo amando con el corazón en la mano, lleno de sangre hirviente ante las injusticias, creyendo en los quijotes, las hadas y las músicas, con la convicción de que todo se podía sin más.

Aún la calle conservaba sus rincones amables, hablábamos de amor, veíamos trabajar a nuestros artistas creando maravillas, y cualquiera tenía la ca-pacidad de enamorarse a la vuelta de la esquina.

Pero comenzaban los noventa, la masacre eco-nómica en el mundo y la globalización del hambre en todos los sentidos. Fábricas, campos, esperanzas, ingenuidades, melodías, solidaridades, filosofías e inteligencias, educación, comida; todo empezaba el camino de la escasez, el sendero de la desnutrición. Solo la muerte engordaba mes tras mes en cada rincón de la tierra, silente, sigilosa como una ser-piente nocturna.

Guerras frías, mentiras y atentados, muros, bombas, fraudes, terrorismos inventados, terroris-mos verdaderos, ecos del fin del mundo a cada diciembre que pasaba; así cursó el tiempo su devenir vertiginoso y cruel.

Y todo lo que se suponía que era un apren-dizaje para cambiar el mundo, apenas fue una raíz del odio que iba ganando las entrañas de la tierra.

Cuando por aquellos días terminé de escribir ese último verso “…hoy no, tenemos hambre.” , no pensaba que más de veinte años después estos poemas de desgarros y utopías se mantuvieran vivos, y hoy sé que, tristemente, viven más en carne que nunca.

Entonces fui a buscarlos, a sacarlos del sueño polvoriento para obligarlos a salir a la calle nue-vamente. Acompañados, sí, de mayores urgencias, y pertrechados con algunos nuevos que soporten las batallas que ahora deberán afrontar contra la desme-surada locura y la insana brutalidad con la que avanza este gélido siglo veintiuno.

Estos poemas son soldados con claveles por fusiles, más poderosos que el atómico riesgo con que nos amenazan los nuevos dictadores del mundo.

Van contra las interminables colas por un pan, contra los muros raciales, contra los coches-bomba, contra los misiles disparados y los alma-cenados, contra los asesinos sexuales, contra las justicias corrompidas y las falsas religiones, contra el abandono infantil y la violencia de género y gene-racional, contra todos los sistemas políticos envile-cidos y las manipulaciones de los inocentes.

Es la guerra de un poeta que no quiere más niños tirados en la basura ni mujeres en bolsas.

Háganse responsables ante el castigo de los versos de los pájaros del hambre, sin miedo a llorar, pero también, sin miedo a que el amor vuelva a ser vuestro  país.

 

Daniel Laneri

Un día, mi maestro del alma y del pensamiento, Hamlet Lima Quintana, me preguntó si realmente quería ser poeta; y a mi segura afirmación me dijo, contundente: “tenés que saber que vas a entrar en el hambre muchas veces”, y agregó: “Después de los 50 ya no tendrás más tiempo para perder, todo será la obra, producirla y entregarla a la gente”.

Y me puse a escribir, a hurgar en los cajones en busca de versos olvidados, a devolverle a mi boca todas las palabras que me faltaron decirte alguna vez…

Hoy, después de tanta lucha, tantos errores y amores perdidos, el poema persiste para siempre, se declara la urgencia de las almas, se hace necesaria la palabra poética para salvar a tanta vida maltratada. Ahora los versos constituyen el único refugio de coherencia y de humanidad para recuperar las inocencias y un poco de la belleza que nos han quitado.

Y en el abandono del que aquí te hablo, escribo quejas y deseos, las frustraciones y los anhelos de todos los que estamos seguros de defender una vida buena y posible. Porque es misión del escritor denunciar las caricias que nos faltan a todos.

Se puede volver a volar. Prueba… este poeta te sostiene…

D. L.

 

 

 

 

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