La vida tiene amores eternos. Quizás todos lo sean porque constituyen nuestra eternidad de hueso y de sangre. Vamos hechos de esos idilios, de todos los dolores, los regocijos y los ángeles que nos circundan, que nos han acariciado alguna vez.

Estos doce poemas mansos son un pequeño cuarto de intimidad que hay en mi alma. Una dedicatoria a la ternura, a todo el privilegio que la vida me ha dado en la mujer que me habita hoy.

Una canción final cuenta la historia que ha recorrido el amor en éste mi camino, donde nada es final. El poema es ese alimento que prohibe la desnutrición de los hombres y de los pueblos.

Recuperar a la poesía, es devolverle el amor al mundo. Una obligación de la consciencia, en este planeta peligrosamente invadido por el terror y el desmedro de las pasiones. Que este pequeño libro sirva al menos para dejarte una ternura viva.

Y en este amor te canto y te venero, trato de hablar de ti para llevarte conmigo, para siempre…

Este libro fue escrito por la brevedad de la vida, y por su urgencia en partir. El mayor pecado de un hombre radica en el silencio, en lo no dicho a tiempo.

Mi historia está poblada de arcones empolvados, de telarañas en las palabras no pronunciadas a quienes debía, por lo bueno y por lo malo, siempre serán llagas en la risa.

Sin embargo, un día en que el sol me habló sobre las nuevas olas del mar, supe que era el momento de no callar más, de usar la caricia en la palabra o la pedrada en el verbo. A quien correspondiera, a quien se ganara el derecho del amor o del desprecio, había que decírselo.

Estos doce versos mansos son el amor en vida, la gracia de la luz entre mi sangre. Porque un poeta vivo es un ejemplar en extinción, y habrá de luchar por la procreación de su especie en el único modo en que puede: escribiendo hasta la muerte. Una misión de amor, una cruzada para sostener a la ternura; esa criatura frágil y olvidada por la humanidad, que no entiende que es esa su única salvación.

Uno no llega al amor por casualidad. Bien lo cuenta Homero Expósito:

 

“Primero hay que saber sufrir,

después amar, después partir

y al fin andar sin pensamiento…”

 

-Daniel Laneri-

Ese privilegio de ser bienamado puede ser de unos pocos. Pero si al mismo tiempo uno entrega también el buen amor a ese mismo ser que nos abre su sangre, el milagro está hecho. La milagrería del sueño existe, y a eso es a lo único que temen los demonios.

Un día llegarás a ese hogar, si es que lo has instalado entre tus esperanzas más aladas. Un día llegarás si estás dispuesto a afrontar cualquier sufrimiento sin perder esa sonrisa íntima del corazón, ese modo secreto de beberte los soles invisibles. Sin rendición alguna, sin excusas o raigones del tiempo, sin culpas ajenas o arrepentimientos.

Andar, seguir andando hasta encontrar la playa donde no se descansa, donde por fin comienza el ejercicio del amor eterno. A ella, a él, a todos.

Luego vendrá el deber de hacer las canciones para que el mundo cante, atraviese fronteras, y entienda de una vez que en los ojos, las almas siempre esperan encontrarse.

Bendita sea tu mejor utopía.

 

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